Abdullah ha pasado décadas reparando relojes en su pequeña tienda, escondida entre las sinuosas calles de Al-Balad. Para él, cada reloj no solo marca horas y minutos; guarda recuerdos. Visitantes y vecinos vienen no solo a arreglar relojes rotos, sino también a compartir historias: bodas, viajes, seres queridos perdidos y aventuras de la infancia. Sus manos, firmes y cuidadosas, conectan el presente con el pasado, tic a tic.
Cada día, Abdullah pule diminutos engranajes y da cuerda a delicados resortes, pero también cuida de los recuerdos. Recuerda la risa de los niños jugando afuera, las voces de los ancianos compartiendo su sabiduría, y los viajeros que se detenían en su tienda, curiosos por los ritmos de una ciudad que ha perdurado durante siglos. Para él, Al-Balad no son solo edificios y calles; es la vida misma, medida en momentos e historias.
Cuando los turistas le preguntan sobre el distrito, él hace más que señalar monumentos. Habla de resiliencia, comunidad y orgullo. Sus ojos se iluminan al contar cómo las familias se ayudaban entre sí en tiempos difíciles, cómo los festivales llenaban las calles de color y música, y cómo el espíritu de Al-Balad permanece intacto a pesar de los cambios que lo rodean.
Abdullah nos recuerda que la historia no está solo en la piedra o la madera, sino en las personas que cuidan el pulso de su ciudad. Su relojera es más que un negocio: es un lugar donde el tiempo y la memoria coexisten, donde el pasado y el presente se encuentran en el silencioso tic-tac de los relojes.
Visitar Al-Balad es más que hacer turismo. Es escuchar, aprender y llevar consigo las historias humanas que hacen de Yeda un lugar verdaderamente inolvidable.